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LA NARRATIVA DE ALEJANDRO
José Pulido
Han transcurrido veinticinco años desde la
vez que Alejandro Ramírez Morón estuvo de pasante en El Diario de Caracas en
1999, donde yo dirigí un tiempo las páginas de arte. Alejandro trató de aclarar
un recuerdo que estaba nebuloso: la ocasión en que me mostró unos poemas suyos
y yo le regalé mi primer libro de cuentos Vuelve al lugar que se te ha
señalado, publicado en 1998. No recuerdo mucho los detalles de esa
conversación nuestra, pero Alejandro estaba por graduarse y su talento y su
carisma hacían entender que haría una buena labor en la comunicación social y seguramente
abordaría también con acierto la escritura como arte literario.
No nos vimos más, hasta estos tiempos,
cuando nos encontramos en las redes, concretamente en su programa de Instagram.
Y así reanudamos nuestra charla del año 1999. A punto de terminar el siglo.
Después de ese reencuentro, Alejandro se
ha comunicado conmigo a cualquier hora, generalmente en sus madrugadas que son
las mañanas mías. Y hemos hablado de sus cuentos y de sus poemas. De sus
aventuras y sus desventuras. He leído su libro de cuentos. Alejandro ha estado
interpretando esta época a través de lo que le ocurre, de lo que siente, de lo
que ha sido su existencia como profesional, como ciudadano y como soñador en un
país que atraviesa una difícil y dramática temporada. Su narrativa es cruda,
hermosa y auténtica.
Me ha parecido que sus cuentos son como
una ruta trazada al borde de un abismo y el lector siente que también puede
correr el peligro de resbalar y caer en esas profundidades. Pero esa
circunstancia cumple con una de las búsquedas de la buena narrativa: conmover,
emocionar, sorprender.
En su libro de cuentos, Alejandro Ramírez
Morón desata una energía extraña, oscura, que parece llevarse por delante toda
esperanza y sin embargo logra un arte con esa escritura, una belleza profunda
con ese oficio de escritor. Una energía que brota como intentando renacer a
cada instante.
Giovanni Papini escribió en Gog, algo que
podría muy bien servir como inicio de esta presentación:
“¿Nos detendremos en la utilización de la
energía que se libera en la disgregación del átomo? ¿No hay tal vez en el
hombre una energía mal conocida pero prodigiosa, que comúnmente se llama
espíritu y que, en ciertos individuos y en determinados momentos, ha demostrado
ser capaz de lograr efectos sorprendentes que hasta hoy ninguna máquina es
capaz de producir? ¿Acaso no será posible que algún día tal vez lejano, esa
energía espiritual, utilizada hasta ahora solamente para el trabajo del
pensamiento, cuando esté educada, desarrollada y debidamente guiada, logre
hacer todo lo que es necesario para la vida del hombre con la simple emanación
y radiación de su voluntad? ¿No sucederá que en el próximo milenio, la
veleidosa ilusión mágica de los primitivos llegue a convertirse en una
realidad?”
Me parece que el espíritu de Alejandro,
esa energía basada en el uso de las palabras y los sentimientos, ese impulso
que lo moviliza constantemente a seguir viviendo con la imaginación alerta,
terminará creando bellas páginas o al menos impresionantes páginas en busca de
lectores.
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